“La verdad tiene muy pocos amigos y los muy pocos amigos que tiene son suicidas.”
Antonio Porchia, Voces
Hay frases que uno lee y admira. Y hay otras que, después de haber transitado determinados lugares, dejan de parecer literatura y comienzan a parecer una descripción.
Esta de Antonio Porchia es una de ellas.
Porque decir la verdad cuando la verdad coincide con el poder es sencillo. No exige coraje. No cuesta amistades. No cierra puertas. No incomoda funcionarios. No convierte a nadie en personaje molesto. El problema comienza cuando la verdad señala hacia arriba.
Cuando pregunta.
Cuando contradice.
Cuando obliga a explicar aquello que nadie quiere explicar.
Y quizá por eso Porchia llamó “suicidas” a los pocos amigos de la verdad. No necesariamente porque mueran físicamente por ella, sino porque quien decide acompañarla debe estar dispuesto a perder algo: comodidad, pertenencia, favores, silencios convenientes, relaciones y, algunas veces, hasta tranquilidad.
Hace tiempo vengo escribiendo sobre la Justicia Penal de Córdoba. Y cuanto más observo determinados casos, menos me interesa discutir solamente si una resolución judicial es técnicamente correcta. Hay una pregunta anterior y mucho más incómoda:
¿qué ocurre cuando una sociedad comienza a sospechar que la Justicia investiga con distinta intensidad según quién sea el investigado, quién sea la víctima o qué consecuencias políticas pueda producir la investigación?
Ahí comienza el verdadero problema. Porque la Justicia no solamente debe ser independiente.
Debe parecerlo.
Y cuando una sucesión de hechos instala dudas razonables sobre esa independencia, responder con silencio institucional, corporativismo o comunicados no recupera confianza.
La destruye un poco más.
NORA DALMASSO: CUANDO EL TIEMPO TAMBIÉN JUZGA.
El caso Nora Dalmasso debería permanecer escrito en alguna pared de Tribunales.
No para buscar culpables retrospectivos a fuerza de indignación.
Para recordar algo muchísimo más grave:
una investigación penal también puede fracasar. Puede equivocarse. Puede perder oportunidades. Puede construir hipótesis equivocadas. Puede desperdiciar años.
Y puede llegar un momento en que el tiempo haga aquello que ninguna sentencia debería hacer: cerrar para siempre puertas que debieron abrirse cuando todavía era posible atravesarlas.
Nora no es solamente el nombre de una víctima.
Es una pregunta que Córdoba todavía debe hacerse frente al espejo:
¿quién responde cuando fracasa una investigación?
Porque si ante un fracaso monumental nadie responde, entonces el sistema aprende una lección terrible: equivocarse no cuesta nada.
Y aquello que no tiene consecuencias termina repitiéndose.
AGOSTINA VEGA: INVESTIGAR TAMBIÉN SIGNIFICA ATREVERSE.
Después aparece Agostina Vega. Otra muerte. Otra investigación. Otros interrogantes.
Y nuevamente la misma obligación: no enamorarse de una hipótesis.
Una investigación penal seria no existe para demostrar que el fiscal tenía razón desde el comienzo.
Existe para descubrir qué ocurrió. Aunque la respuesta contradiga la primera sospecha.
Aunque aparezcan personas inesperadas. Aunque haya ambientes incómodos. Aunque determinados vínculos molesten. Aunque haya que reconocer que aquello que parecía evidente dejó de serlo.
El expediente penal no puede convertirse en una novela cuyo final fue escrito antes de comenzar la investigación.
La prueba debe conducir al fiscal.
Nunca el fiscal conducir a la prueba hacia el lugar donde necesita encontrarla. Porque cuando eso sucede ya no estamos investigando. Estamos confirmando prejuicios.
Y ésa es probablemente una de las formas más peligrosas del error judicial: aquella en la cual quien investiga deja de preguntarse si puede estar equivocado.
VILLA DE MARÍA DE RÍO SECO: SEIS AÑOS TAMBIÉN SON UNA RESPUESTA.
Y entonces llegamos al norte cordobés. A Villa de María de Río Seco.
Una denuncia por presuntos abusos formulada originalmente en 2020 volvió a cobrar impulso seis años después, luego de una ampliación de declaración; la propia cobertura periodística recoge cuestionamientos de la defensa acerca de la falta de actividad investigativa durante ese período. (Telefe Córdoba)
Seis años.
No voy a reemplazar a los jueces ni voy a condenar desde una editorial a ninguna persona.
Precisamente porque reclamo Justicia, debo reclamarla también para aquel a quien se acusa.
Pero hay una pregunta que sí podemos formular:
¿qué ocurrió durante esos seis años? Porque el tiempo judicial no es una abstracción.
Para una víctima, seis años pueden significar seis años esperando.
Para un inocente injustamente sospechado, también pueden significar seis años viviendo bajo una sombra.
Para la prueba, seis años pueden significar recuerdos deteriorados, testigos perdidos, documentos desaparecidos y posibilidades investigativas extinguidas.
Por eso la demora judicial nunca es neutral.
Siempre alguien la paga.
Y casi nunca la paga quien dejó dormir el expediente.
EL HILO QUE UNE LOS CASOS.
No afirmo que Nora Dalmasso, Agostina Vega y Villa de María de Río Seco sean casos iguales.
No lo son.
Sus hechos son diferentes, sus protagonistas son diferentes y sus situaciones procesales también.
Lo que me interesa es otra cosa. La pregunta institucional que dejan detrás.
¿Qué mecanismos existen realmente para controlar a quienes investigan?
¿Quién controla una investigación mal orientada?
¿Quién detecta una investigación insuficiente?
¿Quién pregunta por aquello que deliberadamente —o negligentemente— no se investigó?
¿Quién responde cuando pasan los años?
¿Quién controla al controlador?
Porque una República no puede descansar sobre la esperanza de que todos sus funcionarios sean buenos.
Las repúblicas fueron inventadas precisamente porque los seres humanos pueden equivocarse, abusar del poder, proteger intereses, enamorarse de sus propias convicciones o simplemente ser incompetentes.
Por eso existen los controles. O deberían existir.
NO QUIERO UNA JUSTICIA QUE ME DÉ LA RAZÓN.
Hay algo que conviene aclarar.
No quiero una Justicia que piense como yo.
Sería igualmente autoritaria.
Quiero una Justicia que pueda decirme que estoy equivocado y demostrarme por qué.
Una Justicia capaz de investigar incluso aquello que contradice sus propias hipótesis.
Una Justicia en la cual un apellido no abra puertas ni las cierre.
Una Justicia donde un teléfono político no pese más que una prueba.
Una Justicia donde un fiscal comprenda que el enorme poder que tiene no le pertenece.
Le fue prestado por la República.
Y todo poder prestado debe rendir cuentas.
Porque el día que un funcionario judicial comienza a considerar el expediente como territorio propio, la víctima como patrimonio narrativo de la acusación y la crítica como una agresión personal, dejamos de hablar de Justicia.
Comenzamos a hablar de poder.
LOS AMIGOS DE LA VERDAD.
Tal vez Porchia comprendió algo profundamente humano. La mentira suele tener multitudes.
Tiene interesados. Tiene cómplices. Tiene beneficiarios. Tiene quienes callan porque conviene.
Tiene quienes miran hacia otro lado porque todavía necesitan algo.
La verdad suele llegar bastante más sola.
Y quien decide acompañarla descubre rápidamente por qué tiene tan pocos amigos.
Porque la verdad no garantiza pertenencia.
No promete cargos.
No asegura reconocimiento.
Ni siquiera garantiza que finalmente triunfe.
Solamente ofrece una cosa:
poder mirarse al espejo cuando todo termine.
Por eso seguiré preguntando.
Por Nora.
Por Agostina.
Por aquello que está ocurriendo en Villa de María de Río Seco.
Y por todos los nombres que todavía desconocemos.
No porque crea poseer la verdad.
Todo lo contrario.
Porque desconfío profundamente de cualquiera que crea poseerla.
También de mí mismo.
Quiero pruebas.
Quiero explicaciones.
Quiero investigaciones completas.
Quiero fiscales independientes del poder político, pero también independientes de sus propios prejuicios.
Quiero jueces que controlen y no simplemente homologuen.
Quiero una defensa libre para preguntar aquello que incomoda.
Y quiero una sociedad que comprenda que cuestionar el funcionamiento de la Justicia no significa destruirla.
A veces significa exactamente lo contrario:
intentar salvarla.
Antonio Porchia escribió que los pocos amigos de la verdad son suicidas.
Quizás tenía razón.
Porque buscar la verdad significa, muchas veces, suicidar la comodidad.
Suicidar el silencio.
Suicidar las conveniencias.
Suicidar ese maravilloso privilegio de mirar hacia otro lado y continuar viviendo tranquilo.
Yo prefiero ese riesgo.
Porque existe algo bastante peor que equivocarse buscando la verdad:
descubrir algún día que la tuvimos delante de nuestros ojos, que sabíamos que algo no cerraba, que pudimos preguntar… y elegimos callarnos.
Y cuando una sociedad comienza a callarse frente a su Justicia, el problema ya no pertenece solamente a los Tribunales.
El problema somos todos.
Eduardo J. Medina Allende
M.P. 1-34939
Abogado — Máster en Derecho Penal, Universidad de Salamanca


Los JUECES cuando cometen injusticia deben ser echados por un jurado popular y q vayan presos también