Mi nombre es María Belén Gómez y durante varios meses atravesé una situación que me provocó importantes perjuicios económicos, emocionales y personales, originados en una relación de confianza que mantuve con Adrian, M, D.
Conocí a Adrián en circunstancias particulares. Desde el primer momento me llamó la atención el enorme parecido que tenía con mi ex pareja fallecida. No se trataba solamente de rasgos físicos, sino también de determinadas características personales, gestos y formas de expresarse. Por esa razón siempre le manifesté que lo consideraba un amigo y que no creía saludable establecer una relación sentimental con alguien que me generaba recuerdos tan profundos.
Con el paso del tiempo, Adrián comenzó a relatarme diversos problemas económicos, laborales y personales. En numerosas oportunidades manifestó atravesar situaciones extremas de vulnerabilidad, llegando incluso a presentarse en mi domicilio llorando y expresando pensamientos autodestructivos, como cualquier persona que ve sufrir a alguien a quien aprecia, decidí ayudarlo.
Le ofrecí apoyo emocional, asistencia económica e incluso me ofrecí a costear consultas psiquiátricas y medicación, lo hice de manera voluntaria, sin esperar nada a cambio y convencida de que estaba ayudando a una persona que atravesaba una crisis genuina.
A lo largo del vínculo fui entregando distintas sumas de dinero, algunas como ayuda directa, otras como préstamos y otras para colaborar con situaciones que él describía como urgentes. Con el tiempo, la suma total involucrada alcanzó varios millones de pesos.
Entre los bienes involucrados apareció una motocicleta que, según el entendimiento que existía entre nosotros, quedó en mi poder como garantía de parte del dinero entregado. Nunca existió un boleto de compraventa entre las partes ni una operación de compra formal. Esa fue siempre mi posición y continúa siéndolo hasta el día de hoy.
Con el correr de los meses comenzaron a surgir inconsistencias entre los relatos que Adrián me había realizado y los hechos que posteriormente fui conociendo. Muchas de las explicaciones brindadas para justificar pedidos de dinero o determinadas conductas dejaron de coincidir con la realidad observable. Esa situación me llevó a replantearme gran parte de lo ocurrido.
Sin embargo, uno de los episodios más difíciles de comprender fue descubrir que mientras continuaba manifestándome que intentaría regularizar las deudas y devolver el dinero recibido, simultáneamente había impulsado una denuncia en mi contra basada en supuestas amenazas que niego de manera categórica.
La situación resultó especialmente impactante porque durante todo el vínculo fui yo quien brindó ayuda económica, contención emocional y acompañamiento. Encontrarme repentinamente ocupando el lugar de denunciada representó un golpe emocional muy difícil de procesar.
También surgieron contradicciones relacionadas con la situación jurídica de la motocicleta. En conversaciones mantenidas con profesionales intervinientes aparecieron referencias a documentación y acuerdos que jamás existieron según mi conocimiento. Ello incrementó aún más mi preocupación respecto de la información que se estaba transmitiendo sobre los hechos.
A todo esto, se sumó una interminable serie de obstáculos vinculados a la documentación del vehículo. En reiteradas oportunidades intenté encontrar una solución práctica que me permitiera recuperar al menos una parte del dinero perdido. Sin embargo, las respuestas obtenidas fueron cambiando con el tiempo y resultaron contradictorias entre sí. En algunas ocasiones se me indicó un procedimiento determinado, mientras que en otras se me comunicó algo completamente diferente.
Como gestora, conozco los procedimientos administrativos vinculados a este tipo de trámites y precisamente por ello muchas de las respuestas recibidas me generaron dudas e incertidumbre. Lo único que buscaba era resolver una situación que se prolongaba desde hacía demasiado tiempo y que seguía generando pérdidas económicas.
Mientras tanto, el vehículo permanecía depreciándose, además de los problemas documentales, presentaba defectos mecánicos que fui descubriendo posteriormente y que reducían considerablemente su valor real. Lejos de recuperar el dinero entregado, me encontré afrontando nuevos costos y nuevos problemas.
El aspecto más doloroso de toda esta historia no es únicamente el dinero perdido. Lo verdaderamente difícil es comprender cómo una relación basada en la confianza, la ayuda y la buena fe terminó transformándose en una fuente permanente de conflictos, denuncias, gastos y desgaste emocional.
Después de haber brindado apoyo económico, ayuda personal y acompañamiento en momentos que creía críticos para otra persona, la sensación que permanece es la de haber sido colocada injustamente en una situación que jamás busqué ni provoqué.
Por esa razón considero necesario que todos los hechos sean analizados de manera objetiva, transparente y completa, teniendo en cuenta no solamente los reclamos formulados en mi contra, sino también el contexto integral de la relación, la ayuda brindada, la documentación existente, los comprobantes de pago, las conversaciones mantenidas y las contradicciones que fueron apareciendo a lo largo del tiempo.
Mi único interés ha sido siempre que la verdad de los hechos pueda ser conocida y que cada persona asuma la responsabilidad que corresponda por sus propios actos.

