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CUENTO TRÁGICO– EL PATRON DEL NORTE Y LA MOTO.

En Villa María de Rio Seco, donde las sombras pesan más que las leyes, gobernaba el Patrón del Norte, carismático y atorrante, de esos que te cortan las piernas y después te regala una silla de ruedas y hace una Fiesta para la entrega. Su voz era mandato, su guiño era orden, y su poder se extendía más allá de los despachos oficiales. 

Entre los personajes del pueblo estaba El Gordo, merquero, pleitero y apasionado por lo ajeno, que se movía con descaro bajo la protección del Patrón. 

Luisito, suboficial de policía, cumplía sus últimos días de guardia antes del retiro, aferrado aún a la idea de que la justicia debía cumplirse. 

Ricardo, el Comisario, era duro con los subalternos, pero blando y servil con los poderosos, siempre dispuesto a encorvar los hombros ante la voz de arriba. 

Un día, en un control vehicular, Luisito detuvo a El Gordo: moto sin luces, sin papeles, escape libre y melena al viento. Cumpliendo su deber, secuestró el rodado y lo llevó a la comisaría. 

Horas después, El Gordo entró por la puerta principal y, con sonrisa burlona, dijo: 

—“Dice mi Patrón del Norte que me entregues la moto”. 

Luisito se mantuvo firme: él solo obedecía órdenes de Ricardo. El Gordo lo amenazó, y entonces apareció Ricardo, el Comisario, que con voz seca ordenó: 

—“Entregue la moto a este señor. Punto. Ya hablé con él Patrón del Norte y me dio esa orden”. 

Luisito, atrapado en sus miedos, entregó la moto. El Gordo salió triunfante, gritando: 

—“Chau gil, ¿a quién le ganaste?” 

El rugido del escape libre se perdió en las calles polvorientas, mientras Luisito bajaba la mirada, sabiendo que la justicia había sido derrotada otra vez.

El pueblo calló, porque en Villa María de Rio Seco la impunidad se había vuelto costumbre. Esta escena es real y se repitió miles de veces desde que el Patrón eliminó el programa de Jóvenes Preventores, desembocando en la cruel realidad que hoy vive nuestra comunidad.

Así, la tragedia se repite como un eco interminable: el poder del Patrón del Norte, la burla del infractor y la resignación del honesto.

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